Oclla en la Jungla por epiman157

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—¡No quiero morir aquí! ¡Definitivamente, no voy a morir aquí!

Se decía así mismo el pequeño Oclla mientras corría por su vida en medio de la selva, viendo como incluso los soldados enviados por el Inca para intentar invadir estas tierras, caían uno a uno abatidos por una densa lluvia de flechas lanzadas desde la espesura del bosque por un grupo de aborígenes hostiles.

Mientras huía, algunas memorias de sus cortos doce años de vida pasaron rápidamente en frente de sus ojos. Oclla era huérfano, descendiente de Yanas de la clase más baja, y por tanto condenado a la servidumbre incluso desde antes de nacer. Sin embargo él nunca se resignó a esa vida: él quería ser explorador, conquistar nuevas tierras, hacer grandes cosas. Por eso cuando el Curaca a quien servía le dijo que se integraría a una expedición a lo profundo de las selvas del Kosñipata, no pudo sentir mayor felicidad en su inocente corazón, pues creyó que por fin estaba dando el primer paso para alcanzar su sueño. No obstante, hasta apenas unos minutos antes de iniciarse aquel ataque, él ignoró que en realidad había sido enviado para ser sacrificado como pago a los dioses.

Oclla ahora corría para salvar su vida, pero pronto terminó topándose con un acantilado al filo de una cascada. Las siluetas de sus perseguidores se acercaban a él rápidamente entre la maleza del bosque, así que no lo dudó y se lanzó al vacío. Aunque cayó en una parte profunda a la base de la cascada, terminó atrapado por la fuerte turbulencia de las aguas, impedido de salir a respirar a la superficie, y arrastrado hacia el fondo del lecho. Desde lo profundo veía el brillo del sol al otro lado del agua, e intentaba desesperadamente alcanzarlo.

—¡No voy a darme por vencido aquí! ¡Quiero vivir! ¡Aún no he hecho nada importante en esta vida! —se decía con insistencia. Sin embargo su visión empezó a oscurecerse y hacerse sólo tinieblas. Pronto Oclla perdió el conocimiento y fue arrastrado por el caudal de las aguas.

Sea el destino, el azar, o simplemente suerte, la corriente del agua lo arrastró pronto hasta la orilla, en donde Oclla pudo nuevamente sentir como el aliento volvía a inflar su pecho. Luego de unas horas, en cuanto recuperó la consciencia y fue capaz de alzar el rostro para echar un vistazo a su alrededor, vio en sus cercanías los cuerpos sin vida de algunos soldados miembros del grupo que él había acompañado.

Oclla miró a lo alto y vio a los suyuntus, con sus negros plumajes y cuellos desnudos, posarse silenciosa y calmadamente sobre los arbustos cercanos, como si aquellas aves esperaran algo antes de empezar a darse un festín con las carnes de aquellos cadáveres. Continuó mirando a hacia todos los alrededores, viendo a más y más suyuntus en posición de espera. Por fin, al ver sobre la rama más alta del árbol más grande de las inmediaciones, vio a quien aquellas aves de carroña esperaban: su rey, el cóndor blanco.

Enseguida el cóndor bajó manteniendo extendida su majestuosa envergadura y se posó sobre uno de los cadáveres. Oclla lo observó maravillado, pues él había escuchado de esta ave por boca de los soldados del Inca, pero nunca se imaginó lo verdaderamente impresionante y hermosa que era en vivo, y hasta le costaba creer que fuera una carroñera. Sin embargo el cóndor en lugar de empezar a comer, se quedó allí parado, observando fijamente a Oclla con su envergadura extendida, como si lo estuviera saludando, o más bien intentando decirle algo.

El niño quería quedarse allí contemplando al ave, pero en seguida sintió el sonido de personas acercándose. Eran los Machigengas, el grupo de aborígenes que había atacado la expedición con la que él vino, y lamentablemente Oclla no pudo evitar ser visto por estos.

De inmediato se puso de pie, cogiendo además la lanza de uno de los cadáveres que yacía a su lado, y salió corriendo hacia el bosque para intentar esconderse allí. Sin embargo ya era tarde, los Machigengas lo tenían completamente rodeado. Oclla atinó a colocarse de espaldas a un gran árbol, para así tener a sus enemigos únicamente en frente suyo, sosteniendo además la lanza con ambas manos y apuntándola amenazadoramente hacia sus perseguidores. Tenía miedo, las piernas le temblaban, y se encontraba empapado de un sudor frío.

—Si me rindo de seguro que moriré aquí —se decía para evitar desmoronarse por el pánico—. Si lucho también es posible que muera, pero también es posible que logre escapar y sobrevivir… ¡Es por eso que sólo me queda luchar!

Las probabilidades de sobrevivir para Oclla eran mínimas; sin embargo cuando su suerte parecía estar echada, el cóndor blanco sorpresivamente se posó sobre una rama no muy alta, justo por encima de su cabeza, y manteniendo extendida su imponente envergadura como si intentara cubrir a Oclla con esta. El niño de inmediato recordó algunos relatos que decían que estas aves eran veneradas por las personas de estos bosques. Los Machigengas sorprendidos aparentemente interpretaron las acciones del cóndor como si este les estuviera diciendo que el niño tenía la bendición de los espíritus del bosque y que no debían hacerle daño. Después de un rato de indecisión finalmente los Machigengas optaron por retirarse y dejar que el bosque decida por su cuenta la suerte del niño.

Oclla sorprendido y aliviado no terminaba de entender lo ocurrido, pero en cuanto se relajó sintió un extraño olor provenir de entre sus harapientas ropas. Era un trozo de pescado seco, el cual había robado esa mañana de las provisiones de la expedición, y cuyo singular olor sin duda había llamado la atención del cóndor. En agradecimiento Oclla decidió dejárselo allí antes de marcharse, a lo cual de inmediato el cóndor bajo para comer con gusto aquel bocadillo.

Tras de eso Oclla emprendió el camino de regreso hacia el poniente, siguiendo el río como guía para subir por aquellas montañas llenas de bosques. Así Oclla llegó hasta el abra Acjanaco, volvió el rostro con dirección al naciente y pudo ver con claridad todo el Kosñipata, los dominios de los Machigengas, la jungla de donde acababa de escapar con vida. Luego de unos minutos de contemplación, se volvió hacia el poniente, camino hacia donde empezaban los dominios de los quechuas y del Inca.

La historia de Oclla no tardó en difundirse por todo el Cusco, llegando a oídos del mismísimo Inca, quien lo mandó llamar para así conocer al niño que consiguió regresar con vida de la jungla por sí solo. Como recompensa a su tenacidad, el Inca le permitió unirse al entrenamiento que recibían sólo los hijos de los nobles para convertirse en oficiales y guerreros de élite de su ejército.

Los años pasaron y Oclla se hizo hombre. Después de salir victorioso en incontables batallas se hizo general, y pasó a ser conocido con el nombre de Ollantay, supremo comandante y jefe del ejército de los Antis, y el guerrero más poderoso al servicio del Inca Pachacútec. Los Antis fueron los únicos guerreros en toda la historia del Tahuantinsuyo que lograron expandir los dominios del incanato hacia las junglas de las tierras bajas, más allá del naciente del sol.

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